Esta reseña no está referida a ninguna película de Almodobar, ni nadie se ha equivocado de libro. Este es un resumen auténtico sobre el auténtico "Lazarillo de Tormes":
La iglesia está investigando al Arcipreste de San Salvador por mantener relaciones sexuales con una mujer casada. Un alto cargo eclesiástico pide por escrito el testimonio del marido engañado y este -Lázaro de Tormes-, pasa a relatar “el caso”.
El caso que cuenta el anónimo autor, la testificación que realiza Lázaro de Tormes, en lugar de abogar por la inocencia o culpabilidad de los amantes, en lugar de aportar valoraciones o pruebas, lo que hace es defender los intereses estrictamente personales de todos y cada uno de los implicados y que consisten en continuar la misma vida que estaban llevando hasta ese momento. Haciendo gala de un absoluto sentido práctico, aunque haciendo una profunda crítica a la escala de valores imperante, Lázaro deja claro que, después de muchos años en la más absoluta pobreza, él no está dispuesto a cambiar su situación presente. Respecto al supuesto pecado del Arcipreste, teniendo en cuenta el conocimiento que ha tenido Lázaro sobre los pecados cometidos por otros clérigos y religiosos, el del Arcipreste sería uno de los menores. Finalmente, respecto al supuesto valor de "la honra" Lázaro deja muy claro que el concepto ha perdido su auténtico significado.
El argumento de la historia puede mostrase aún más crudamente: La iglesia de la España imperial, católica y romana, ha subvertido los valores morales, condenando a los únicos que son justos, a la pobreza, al deshonor y al infierno, y reservando para los auténticos pecadores, la salvación en la tierra y en el cielo. El libro, más que erasmista, en algunos puntos, puede llegar a parecer, incluso, luterano. El autor avisa, ya al principio, de que su intención es deleitar la lectura superficial, o bien agradar a quienes hagan una lectura profunda. Debía pensar que nadie capaz de ofenderse sería capaz de profundizar demasiado.
Lázaro González Pérez era hijo de Tomé González, molinero condenado por robar alimento con que alimentar a su familia. Muerto el padre, la madre se amanceba con el negro Zaide que les trae de comer, también, con lo que va robando hasta que también es descubierto. Ante la imposibilidad de alimentar al hijo, la madre le entrega a un ciego para que le sirva de guía. Hasta ese momento, gracias a los pequeños robos de sus protectores -todos al otro lado de la ley- había apenas comido. A partir de ahora empieza a pasar hambre. El ciego, gran maestro de picardías, vive de la caridad y vendiendo pócimas y oraciones contra toda clase de males. Sin embargo apenas alimenta a Lázaro que se ve obligado a realizar pequeñas trapacerías, quizá como parte de su aprendizaje. Finalmente, se venga descalabrándo al ciego y huyendo de su lado. Varias veces, después, no obstante, añorará sus enseñanzas.
A continuación, entra a servir con un clérigo de Maqueda con el que pasa aún más hambre (dice que como una cebolla cada 4 días). El único alivio para su estómago son las comidas de los velatorios a los que asisten. Conseguida una llave del arcón de la comida, durante varios días, con disimulo, va sacando migajas. Creyendo el clérigo que los robos eran causados por una serpiente, una noche golpea a ciegas sobre lo que en realidad era el propio Lázaro. Aún convaleciente es echado a la calle, donde sobrevive dando pena con sus heridas. Una vez curado, ya en Toledo, pasa al servicio de un escudero. Este, hidalgo, empobrecido por no haber trabajado él mismo sus tierras, autoexiliado de su pueblo por no querer recibir un saludo que considera "menor" (el relato de este detalle es largo y pormenorizado), solo come cuando Lázaro, apiadado, caritativo, comparte su limosna con él. Incapaz de pagar el alquiler, huye el hidalgo, quedándo Lázaro al amparo de unas prostitutas (nuevamente la bondad le llega desde personas “sin honra”). Estas mujeres le ponen en manos de su chulo, un fraile sodomita, del que prefiere no dar detalles: “ne fando”(“No digo”) es una alusión al pecado “nefando”. El siguiente amo, predicador ambulante, se compincha con un alguacil para, simulando un milagro, aumentar la venta de bulas falsas. Del siguiente amo solo cuenta que era pintor de panderos (no era clérigo, ni religioso ni hidalgo). La fortuna empieza a cambiarle cuanto entra a servir a un capellán que le pone a trabajar en el negocio que controla de venta de agua. Su suerte le permite, al cabo de 4 años, comprar ropa de segunda mano. Buscando mejorar su situación, se hace ayudante de alguacil, aunque el oficio le resulta demasiado peligroso, así que no desdeña la ocasión cuando el Arcipreste de San Salvador le ofrece el puesto de pregonero "real". Además del puesto, acepta también casarse con la amante del eclesiástico, pasando a ocupar ambos una casa que el Arcipreste les cede junto a la suya, para facilitar, supuestamente, las salidas nocturnas de la mujer.
Queda perfectamente claro el acuerdo tácito entre el Arcipreste y Lázaro. El primero no tendrá que renunciar a lo único que podría faltarle en el mundo -una mujer-, y el segundo podrá vivir seguro de que no le faltará ni de comer ni un techo donde vivir.
Lo que digo: una película de Almodobar, pero en el siglo XVI.
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