Contexto histórico
Leopoldo II regentó el “Estado Libre del Congo” a través de una compañía privada sin ningún tipo de control –ni siquiera parlamentario- desde 1885 hasta 1906, momento en que la presión internacional le obligó a su renuncia. Cuando Bélgica concedió la independencia al Congo en 1960, tras casi un siglo de pillaje, la población se había reducido en unos 8-10 millones de habitantes, no existiendo ni un puñado de técnicos o intelectuales entre los nativos. Para hacer especialmente trágica la historia, a pesar del auténtico genocidio perpetrado, el rey belga fue admirado en su tiempo, elogiado, agasajado, envidiado y condecorado por lo que en su momento se consideró una abnegada y desinteresada tarea a favor del pueblo congoleño. El enorme engaño fue posible gracias a un inmenso ejército de periodistas, sacerdotes, políticos, abogados y científicos pagados con el dinero de la explotación humana y que se ocuparon de adular al rey por su “desinteresada” tarea de redención económica, religiosa y moral del país africano. Tras la fachada, sin embargo, solo había un inmenso campo de concentración equivalente a media Europa Occidental.
El territorio -que muy pocos de los entusiastas propagandistas llegó a conocer jamás-, atesoraba grandes riquezas en forma de marfil, resina de copal, maderas preciosas, etc. Para explotar esas riquezas, la compañía obligaba a la población a cuotas de producción bajo la amenaza de latigazos, amputaciones, destrucción de poblados, asesinatos, etc. Las cuotas a veces se aseguraban mediante el secuestro de madres o hijos. Joseph Konrad realiza descripciones desgarradoras.
Conocimiento de la verdad.- La realidad de lo que estaba ocurriendo empieza a conocerse, sobre todo, a partir del testimonio de algunos misioneros. Aunque los defensores del rey Leopoldo niegan los hechos o los califican en todo caso como excepcionales, poco a poco empiezan a surgir grupos como la “Sociedad para la Protección de los Aborígenes”. No obstante, la opinión pública toma auténtica conciencia de lo que ocurre a partir de los datos aportados por Edmund Dene More. Este abogado británico buen conocedor del puerto de Amberes, no tardó en sospechar del extraño intercambio comercial que se producía entre Bélgica y su colonia africana: para liberar al Congo de las cadenas del salvajismo, Bélgica enviaba barcos cargados de armas, cadenas, grilletes, explosivos, etc. Sospechosamente, esos mismos barcos regresaban cargados de marfil, caucho, resina de copal…. Las cifras de este “intercambio” comercial constituyen la prueba de cargo necesaria para impulsar lo que se podría considerar el primer gran movimiento internacional a favor de los derechos humanos. En 1904 la cámara de los Comunes envía al Congo a Roger Casement en calidad de vicecónsul, con la misión de informar sobre lo que está ocurriendo. El informe confirma los hechos denunciados. Morel y Casement coinciden en el Congo y se descubren como aliados naturales, fundando poco después la “Asociación para la reforma del Congo”, para la que reci birían el apoyo decisivo de personalidades como Joseph Konrad, Arthur Conan Doyle, Anatole France o Mark Twain[1].
El autor
Joseph Honrad nació en Polonia en 1857[2], aunque hubo de pasar la niñez entre Siberia y Ucrania a donde había sido deportado su padre. Huérfano desde los 12 años y sin auténtica patria al estar Polonia ocupada por los rusos, paso una juventud tumultuosa con problemas de juego, conspiraciones políticas, tráfico de armas, un intento de suicidio, etc. A los 21 años, intentando eludir el servicio militar ruso, se enrola en un barco británico donde, además del idioma inglés, descubre un estilo de vida que acabará por cautivarlo, adoptando la ciudadanía de este país a los 27 años[3]. Su espíritu aventurero vive un nuevo capítulo cuando, con 31 años, decide cumplir su sueño de conocer África. Nuevamente se enrola en la marina de otro país y parte hacia el Congo. Tras un largo viaje llega a la desembocadura del gran río y desde allí en un barco fluvial remonta 30 Km hasta Matadi. Durante las dos semanas que permanecerá en este país trabará contacto con Roger Casement[4]. Después, durante un mes y con una caravana de 30 nativos, recorrerá a pié 200 millas se selva hasta Kinshasa, donde le informan del cambio de su misión: deberá remontar el río durante 1.600 km. y rescatar a un jefe de la compañía que se encuentra en mal estado. Cumplido el encargo, el propio Konrad cae también enfermo decidiendo regresar a Europa habiendo cumplido tan solo 6 meses de su contrato de 3 años. Casi una década después, e inspirado en su experiencia congoleña escribirá “Corazón de oscuridad” o “El corazón de las tinieblas”.
La novela
La novela se sitúa a principios del siglo XX. En ese momento, Inglaterra constituye la punta de lanza de la civilización y, Londres, su capital junto al Támesis, en palabras del narrador, “es la ciudad más grande y poderosa del universo”. La novela cuenta la experiencia personal de un marino, el Capitán Marlow, contada a sus amigos durante un tranquilo paseo en barco junto a la desembocadura del Támesis.
Joseph Konrad sitúa su relato en un tiempo y un lugar concretos: El momento, la época de mayor esplendor de la civilización occidental con Inglaterra a la cabeza; el lugar “un camino de agua” –el Támesis- cuya historia, subraya, simboliza la historia misma de esa gran potencia. De manera muy significaiva, Marlow viaja con su imaginación hacia un pasado remoto: el momento en que el Imperio Romano –la civilización más importante de su época- inicia la conquista de Britania, un territorio que también fue “uno de los lugares oscuros de la tierra” y a donde empiezan a llegar “barcos portadores de una chispa del fuego sagrado” (la civilización). Marlow imagina lo inhóspito del territorio, las penalidades sufridas por aquellos hombres venidos del cálido Sur[5] y el sufrimiento, como no, de la población nativa sometida a los conquistadores[6].
Marlow no llega a justificar ningún tipo de masacre; sin embargo ofrece una salida: “Lo único que redime es la idea…no un pretexto sentimental… algo que se puede enarbolar”. Al menos la justificación ideológica. ¿Acaso queda otro clavo ardiendo al que agarrarnos?
La historia de Joseph Konrad es, casi, la historia que cuenta el personaje de su novela. El Capitán Marlow, según cuenta a sus amigos, no encuentra aliciente a su vida lejos del mar y, fascinado por la aventura, busca expresamente el mando de un barco en el Congo. La ocasión surge con la muerte de uno de los pilotos que prestan allí su servicio: por lo visto, el piloto([7]) engañado por unos nativos al comprar dos gallinas, la emprendió a golpes con un anciano hasta que el hijo de este lo atravesó de un lanzazo. Cuando meses más tarde Marlow llegó al escenario de los hechos, la aldea estaba abandonada.
Para firmar su contrato, Marlow tiene que viajar a Bélgica y allí, en una ciudad que parece un "sepulcro blanqueado", encuentra la sede de la compañía. Dentro, dos mujeres que cosen en silencio, le sugieren los guardianes de las puertas de la oscuridad, "una introduciendo a los recién llegados a lo desconocido, la otra escrutando las caras alegres e ingenuas...” de los que probablemente ya no podrán volver a salir.
En la oficina, una marca sobre un mapa señala una de las colonias en el Congo. El Capitán piensa en el ideal romántico de la colonización: Allí "…los alegres pioneros del progreso bebían jubilosos su cerveza", alegres -seguramente- de poder "liberar a millones de ignorantes de su horrible destino"(según palabras de la tía de Marlow).
Entre los documentos firmados, Marlow se compromete a no revelar los secretos comerciales; de hecho, a pesar del libro, Joseph Konrad cumple con lealtad el contrato que, efectivamente firmó y no revela datos de interés comercial: expresamente escribe al principio del libro: “no voy a hacerlo", y de hecho, cuando lo publica, aunque han pasado 9 años, altera el manuscrito original para cambiar algunos datos reales.
Mientras espera que el médico certifique su idoneidad para el viaje, invita a un trago a un empleado "desaseado". Da la impresión de que Marlow simpatiza más con personajes menos convencionales; más alternativos. Cuando regresa el médico, este cumple su trabajo con un único trámite: le toma el pulso. Sin embargo, curiosamente, le pide permiso para medirle la cabeza. Por lo visto solo realiza esa medición antes de partir, pues luego, ya no vuelve a ver a los que se han marchado. Según dice, "los cambios se producen en el interior”. Una vez más Joseph Konrad busca deliberadamente la confusión entre el “interior” del alma y el interior de la selva: el corazón de las tinieblas quizá habita en ambos lugares: la naturaleza indómita se venga de los exploradores matándolos pero también estos experimentan cambios convirtiéndose en asesinos. Dice el médico: “.. a la ciencia le interesa saber los cambios que se producen en los individuos en aquel sitio". No obstante el espíritu rutinario y laxo del encuentro, el médico se permite ofrecer un consejo: "Evite usted la irritación más que los rayos solares".
El barco francés que transporta a Marlow apenas se dedica a otra cosa que ir dejando soldados en "instalaciones coloniales que contaban ya con varios siglos de existencia". Marlow no se relaciona con los otros pasajeros, aunque si disfruta con las visitas que, esporádicamente, hacían algunos barcos de negros que se acercaban cansados y sudorosos por el esfuerzo de remar. En una de las ocasiones se acercan a un barco francés para entregar correo. En ese momento, una epidemia está acabando con la tripulación de ese barco a razón de 3 muertos diarios. Mientras, el barco dispara contra la costa; contra un enemigo invisible; ¿contra África?.
"Los leves contactos con la costa son un fatigoso peregrinar en medio de visiones de pesadilla". A los 30 días, llegan al gran río. En el primer puesto de la zona, el capitán de un vapor, sueco, le repite lo que el médico: "Me asombra lo que les ocurre cuando se internan río arriba".
Al bajar del barco, se le aparece un mundo absolutamente caótico, absurdo y cruel; las descripciones son como fotográficas: un grupo de vagonetas abandonadas por la simple falta de una rueda en una de ellas; filas de negros encadenados, ascendiendo un sendero con visible esfuerzo, transportando sobre sus cabezas canastas de tierra... "Las uniones de sus miembros eran como nudos de una cuerda". Mientras, a base de dinamita intentan volar unas rocas que, aparentemente, no se interponen en el camino ¿Están, nuevamente, peleando contra Africa?. La fila de negros encadenados, considerados enemigos, criminales..."pasaron a seis pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme siquiera una mirada con la más completa y mortal indiferencia de salvajes infelices". Marlow en ese momento se permite una premonición: Él que, según confiesa, ya había tenido ocasión de conocer "demonios" como el de la violencia o el de la codicia ...demonios "fuertes y lozanos de ojos enrojecidos" presiente que se va a llegar a acostumbrar a otra clase de demonio: “un demonio blando y pretencioso, de mirada apagada y locura rapaz y despiadada”. Agobiado por el sol decide refugiarse en una arboleda cercana. Para llegar, tiene que rodear algo que sugiere una fosa común, aunque Konrad elude el término, logrando así que la misma mesura de la expresión, aumente la contundencia del significado. Ya en la arboleda, Marlow encuentra un escenario de terror: "Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas.....en todas las actitudes de dolor, abandono y desesperación.....aquel era el lugar donde algunos colaboradores se habían retirado para morir...Morían lentamente...eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales... sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento...vi una cara cerca de mis manos. Los huesos negros reposaban extendidos a lo largo... los párpados se levantaron lentamente, los ojos hundidos me miraron...Lo único que se me ocurrió fue ofrecerle una de las galletas...que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron lentamente sobre ella y la retuvieron; no hubo otro movimiento ni otra mirada...". Tras semejante visión de dolor y desesperación, la que sería propia de un campo de concentración, Marlow se encuentra con una imagen opuesta: "...encontré un hombre vestido con una elegancia tan inesperada...cuello alto y almidonado, puños blancos...corbata clara y botas relucientes...era el principal contable de la compañía..." Marlow le pregunta cómo ha podido conservar semejante elegancia en esas latitudes: "He logrado adiestrar a una de las nativas del campamento". El contable trabajaba en una choza de tablones mal clavados en la que también hacía calor y donde unos moscardones “no picaban sino que mordían”. Al día siguiente parte con una caravana de 60 hombres para recorrer a pie 200 millas: Los alrededores del campamento son una sucesión de praderas anteriormente ocupadas por la selva, pero ahora totalmente vacías; “…ni siquiera una cabaña. La población había desaparecido mucho tiempo atrás”. El viaje consiste en "acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender nuevamente la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de los altos yerbajos... tal vez en una noche tranquila, el redoble de tambores lejanos...". En una ocasión se encuentran con un blanco que lleva escolta armada "muy hospitalario y festivo por no decir ebrio", cuya misión es la conservación del camino. El narrador, no obstante, expresa su sospecha: "No puedo decir que yo haya visto ningún camino, ni ninguna obra de conservación a parte del cuerpo de un negro de mediana edad con una balazo en la frente con el que tropecé tres millas adelante”. En su viaje, Marlow va acompañado de otro blanco que, grueso y fatigado, llega a enfermar viéndose obligados a transportarlo en una hamaca: "Como pesaba 120 kilos, tuve dificultades sin fin con los porteadores…”, hasta que, llegados a un punto, estos decidieron huir dejando tirada su carga; "yo estaba dispuesto a matar a alguien pero…". En ese momento, recordando las palabras del médico sobre los cambios que se producen en la gente, “sentí que comenzaba a convertirme a en algo científicamente interesante”. A los 15 días llegan a la Estación Central: La sensación, nuevamente, es de desorden. “Algunos hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente entre los edificios…” Allí le informan de que su barco está semihundido y lo primero que tendrá que hacer será ponerlo a flote.
El Director general está en la Estación. Marlow se entrevista con él. Se trataba de un hombre vulgar que “Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del orden…no tenía cultura ni inteligencia…no era capaz de crear nada, solo la rutina… permitía que su ‘muchacho’, un joven negro de la costa, sobrealimentado, tratara a los blancos,…con una insolencian provocativa” sin embargo, el mérito que le había aupado al puesto era decisivo: su organismo, tras largos años, seguía resistiendo a las enfermedades de la selva. Nuevamente, Marlow. escucha elogios sobre el señor Kurz, esta vez de labios del propio Director: “el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional”. Al día siguiente, el Capitán inicia las tareas de reparación del barco; de ese modo evita aguantar el ambiente de la Estación: “Aquellos hombres caminaban sin objeto por el patio bajo los rayos de sol…con sus absurdos palos en la mano, como una multitud de peregruinos embrujados en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil permanecía en el aire…Imagino que hasta en sus oraciones”. Una noche se incendió una choza llena de abalorios para intercambiar con los nativos. Todos corrían con los brazos en alto ante el resplandor, cuando uno de ellos se acerca al río y comenta a M:”se portaban espléndidamente, espléndidamente”, llena el cubo y se aleja. El cubo tenía un agujero en el fondo”. En muy poco tiempo, la cabaña era un montón de cenicas. “Un negro era azotado…Se decía que de alguna manera había provocado el incendio; fuera cierto o no, gritaba horriblemente…días después…parecía muy enfermo…se marchó y la selva muda volvió a recibirlo en su seno". Junto a los restos humeantes de la hoguera, Marlow entabla conversación con un joven de aspecto aristócrata del que se decía que era espía del director. Por lo visto, su misión era fabricar ladrillos, aunque no se podía ver ni uno en toda la estación. Le faltaba un material, quizá paja… pero llevaba un año y medio allí. Todos pasaban el tiempo murmurando e intrigando…En aquella estación se respiraba un aire de conspiración que, por supuesto, no se resolvía en nada… el único deseo real era el deseo de ser destinado a un puesto comercial donde poder recoger marfil y obtener el porcentaje estipulado” mientras, “intrigaban, calumniaban,,,y se detestaban…pero en cuanto amover aunque fuese el dedo meñique, oh, no.” ”Hay algo…que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar el ronzal….Hay una manera de mirar el ronzal que incitaría al más piadoso de los santos a dar un puntapié. El interlocutor de Marlow, supuesto espía, habla de Kurtz: “Es un prodigio…un emisario de la verdad, la ciencia y el progreso…para realizar la causa que Europa nos ha confiado, necesitamos inteligencias superiores… un ser especial… es el jefe de la mejor estación…”. Pronto, Marlow entiende el sentido de la conversación: su interlocutor sabe que tanto Kurtz como él habían sido recomendados por la misma persona y sospecha una misión oculta. El fabricante de ladrillos, actuando como secretario del director, aspiraba al puesto de subdirector; sin embargo, Kurtz podría adelantársele. Incluso el mismo director se muestra nervioso ante la competencia del recien llegado. “…El negro golpeado gemía en alguna parte. ‘Qué escándalo hace ese animal…transgresión…castigo…¡plaf!” (recuerda la película de Truffeau: “Acción, reacción!!). Mientras Marlow escucha una tras otras argumentaciones banales y mezquinas, pone su atención en la selva: el olor a un “cieno primigenio”, la luna…”todo aquello era grandioso esperanzador, mudo…Qué eramos nosotros extraviados en aquel lugar?...cuan inmensamente grande podía ser aquella cosa ¿Qué había allí?. En este punto, el relato busca deliberadamente la confluencia de dos época, dos ríos…el Támesis y el Congo, enmascarados por la noche. El secretario sigue hablando y Marlow le deja creer en su supuesto poder dentro de la compañía para presionarle a que pida los remaches que faltan a su barco. En la costa los remaches se oxidaban desperdigados por todas partes y desde allí, varias veces a la semana, llegaba una caravana con suministros para la Estación. Sin embargo, los remaches no llegaban. Presionado, el secretario hace una torpe amenaza: todas las noches un hipopótamo se paseaba por lo zona. Los peregrinos salían a dispararle, pero nunca lo habían matado. Ese animal tenía una vida encantada, pero “ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio”, luego se despidió secamente. en lugar del cargamento de remaches, llegó la Expedición de Exploradores Eldorado”: 5 grupos encabezados “por un burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos relucientes…Una banda pendenciera de negros descalzos y desarrapados marchaba tras el burro; un equipaje de tiendas y fardos grises eran depositados en el patio…Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar secreto. Su conversación, sin embargo, era la de unas sórdidos filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor. Voraz pero sin audacia, cruel sin osadía.No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria. Su deseo era arrancar tesoros a las entrañas de la tierra, pero aquel deseo no tenía otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte”……
Loas blancos explotadores son peores que los caníbales que les adoran, pues aquellos actúan de manera deliberada? No Representan la causa del pesimismo: la civilización no es la panacea contra la barbarie; no hemos avanzado tanto. El ésito de Kurtz[8] reside en haber sabido que la violencia seduce y esclaviza más que la cooperación.
Conclusión
“El corazón de las tinieblas” es la crónica de un viaje hacia el horror. El escenario elegido por Joseph Konrad es el corazón de Africa y la época, los años de dominación belga sobre el Congo. El viaje del autor encarnado en el personaje de la novela es un viaje iniciático por lo trascendente, y terminal por que es definitivo; ambas cosas se convierten en lo mismo; todo nace, todo confluye en el horror: los ríos de la vida y de la muerte, la luz y la oscuridad, el horror y la moralidad, la civilización y la barbarie, el amor y el odio, el deseo y el hastío, el sadismo y el sacrificio. La sabiduría última de la vida, “la verdad”, se encuentra comprimida en el umbral de la muerte. El “corazón de oscuridad” es la profunda selva africana, es la salvaje Britania que exploraron los romanos pero es, también, la víscera salvaje que pugna por revelarse en cada uno de nosotros: la naturaleza misma de la que estamos hechos y que solo la civilización y la cultura nos oculta levemente.
[1] El historiador Adam Hochschild, durante un vuelo, descubre una nota de Mark Twain (autor de las aventuras de Huckleberry Finn), acusando al rey de los belgas -Leopoldo II- de haber asesinado en el Congo a entre 5 y 8 millones de personas. A partir de este dato inicia una investigación que publicará en 1998 titulada “El fantasma del Rey Leopoldo”.
[2] La ciudad natal, Berdyczów, ahora pertenece a Ucrania.
[3] La lengua materna de Konrad es el polaco, habiéndose educado en ruso. Su tercera lengua es el francés que aprendió durante 4 años al servicio de la marina mercante de este país. Sin embargo, la lengua que elige para escribir es el inglés
[4] Roger Casement, activo nacionalista irlandés, sería ahorcado unos años después acusado de alta traición al Reino Unido. Es razonable pensar que al encontrarse con Joseph Konrad en el Congo ocupado, ambos compartieran un mismo sentimiento anticolonialista.
[5] “…los romanos…deben haber muerto aquí como moscas… el comandante romano era bastante hombre para enfrentarse a las tinieblas… ha de vivir lo incomprensible, que es también lo detestable…”
[6] … no eran colonizadores… eran conquistadores….se apoderaban de todo cuanto podían. Aquello era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala. La conquista de la tierra que por lo general consiste en arrebatársela… no es tan agradable cuando se observa con atención.
[7] El capitán era danés. Joseph Konrad siempre cita la nacionalidad de los personajes -bastante variada- como queriendo repartir la responsabilidad.
[8] En Apocalypse Now, Marlon Brando encarna al Coronel Kurtz. Kurtz es el nombre del horror en la nobela de J.Konrad.
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