“La dama de las camelias”, los tres Dumas y la hipocresía


“La dama de las camelias” es la obra más recordada de un autor casi olvidado, hijo del autor de “Los tres mosqueteros”, “El Conde de Montecristo”, etc. En su tiempo, Alejandro Dumas hijo, gozó de gran fama y reconocimiento debidos a la temática de sus obras muy del gusto de la época. El paso del tiempo, sin embargo, ha ido apagando su brillo, en parte ensombrecido por el protagonismo del Dumas padre y, en parte, rechazado por las hipócritas moralinas con que sobrecargó sus obras.

Para entender el significado de la obra, es preciso detenerse muy brevemente en la historia de su autor. El primer Dumas, abuelo y padre de los dos Dumas escritores, nació de las relaciones entre un marqués y una esclava negra de Santo Domingo. Protagonista de hazañas legendarias muy propias de las novelas de su hijo, inició su carrera militar como dragón, llegando a General y participando en las campañas de Napoleón en Italia y Egipto.

Alejandro Dumas padre llega a Paris con 21 años e ingresa como secretario al servicio de un importante personaje. Muy pronto empieza a cosechar importantes éxitos en el teatro y con las mujeres. Tan es así que poco después de llagar a Paris y fruto de sus relaciones con una costurera, nace A. Dumas hijo. Aunque reconocido por su padre, Alejandro Dumas hijo quedará marcado para siempre por su carácter de hijo natural. Poco atendido por su padre y por las sucesivas esposas o amantes de este, vive en pensionados en los que, hijo ilegítimo y ajeno a la nobleza, se ve rechazado por sus compañeros. A los 18 años, terminados sus estudios, se sumerge de lleno en la vida bulliciosa y mundana que ha aprendido de su padre: cortesanas, actrices, lujo, etc… con 21 años conoce a Marie Duplessis: su “dama de las camelias”, pero al regresar de un viaje por Argelia y España, se entera de su muerte. Fruto de la dolorosa experiencia, nace un poema y “la dama de las Camelias”. El éxito de la obra le permite ser seducido por una aristócrata rusa casada. En pleno triunfo del moralizante drama, seduciría a otra mujer también casada. Muerto el marido de esta fueron libres para casarse, aunque fracasaron en su nueva vida. Dumas se va haciendo manifiestamente misógino ello no es óbice para que le nazca una hija o para que con 63 años se enamore de la hija de un amigo.

“La dama de las camelias” existió realmente. Según la describe el propio Alejandro Dumas (hijo), era alta, muy delgada, morena aunque de piel muy blanca y sonrosada, cabeza pequeña, ojos brillantes y rasgados “como una japonesa” vivos y muy finos, labios rojos como cerezas, y los dientes más hermosos del mundo. Al parecer, hija de un granjero, se había criado en el campo aunque, a la edad de 15 o 16 años, fue vendida a unos gitanos. No obstante sus orígenes, Marie Duplessis se convierte en la mujer más elegante de Paris. Su falta de abolengo le cierra las puertas de la alta sociedad a la que podría pertenecer. Sin embargo, los hombres más importantes de su tiempo le ruegan para ser admitidos. Uno de los seducidos es Alejandro Dumas Hijo.

El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad)

Contexto histórico

Leopoldo II regentó el “Estado Libre del Congo” a través de una compañía privada sin ningún tipo de control –ni siquiera parlamentario- desde 1885 hasta 1906, momento en que la presión internacional le obligó a su renuncia. Cuando Bélgica concedió la independencia al Congo en 1960, tras casi un siglo de pillaje, la población se había reducido en unos 8-10 millones de habitantes, no existiendo ni un puñado de técnicos o intelectuales entre los nativos. Para hacer especialmente trágica la historia, a pesar del auténtico genocidio perpetrado, el rey belga fue admirado en su tiempo, elogiado, agasajado, envidiado y condecorado por lo que en su momento se consideró una abnegada y desinteresada tarea a favor del pueblo congoleño. El enorme engaño fue posible gracias a un inmenso ejército de periodistas, sacerdotes, políticos, abogados y científicos pagados con el dinero de la explotación humana y que se ocuparon de adular al rey por su “desinteresada” tarea de redención económica, religiosa y moral del país africano. Tras la fachada, sin embargo, solo había un inmenso campo de concentración equivalente a media Europa Occidental.

El territorio -que muy pocos de los entusiastas propagandistas llegó a conocer jamás-, atesoraba grandes riquezas en forma de marfil, resina de copal, maderas preciosas, etc. Para explotar esas riquezas, la compañía obligaba a la población a cuotas de producción bajo la amenaza de latigazos, amputaciones, destrucción de poblados, asesinatos, etc. Las cuotas a veces se aseguraban mediante el secuestro de madres o hijos. Joseph Konrad realiza descripciones desgarradoras.

Conocimiento de la verdad.- La realidad de lo que estaba ocurriendo empieza a conocerse, sobre todo, a partir del testimonio de algunos misioneros. Aunque los defensores del rey Leopoldo niegan los hechos o los califican en todo caso como excepcionales, poco a poco empiezan a surgir grupos como la “Sociedad para la Protección de los Aborígenes”. No obstante, la opinión pública toma auténtica conciencia de lo que ocurre a partir de los datos aportados por Edmund Dene More. Este abogado británico buen conocedor del puerto de Amberes, no tardó en sospechar del extraño intercambio comercial que se producía entre Bélgica y su colonia africana: para liberar al Congo de las cadenas del salvajismo, Bélgica enviaba barcos cargados de armas, cadenas, grilletes, explosivos, etc. Sospechosamente, esos mismos barcos regresaban cargados de marfil, caucho, resina de copal…. Las cifras de este “intercambio” comercial constituyen la prueba de cargo necesaria para impulsar lo que se podría considerar el primer gran movimiento internacional a favor de los derechos humanos. En 1904 la cámara de los Comunes envía al Congo a Roger Casement en calidad de vicecónsul, con la misión de informar sobre lo que está ocurriendo. El informe confirma los hechos denunciados. Morel y Casement coinciden en el Congo y se descubren como aliados naturales, fundando poco después la “Asociación para la reforma del Congo”, para la que reci birían el apoyo decisivo de personalidades como Joseph Konrad, Arthur Conan Doyle, Anatole France o Mark Twain[1].

El autor

Joseph Honrad nació en Polonia en 1857[2], aunque hubo de pasar la niñez entre Siberia y Ucrania a donde había sido deportado su padre. Huérfano desde los 12 años y sin auténtica patria al estar Polonia ocupada por los rusos, paso una juventud tumultuosa con problemas de juego, conspiraciones políticas, tráfico de armas, un intento de suicidio, etc. A los 21 años, intentando eludir el servicio militar ruso, se enrola en un barco británico donde, además del idioma inglés, descubre un estilo de vida que acabará por cautivarlo, adoptando la ciudadanía de este país a los 27 años[3]. Su espíritu aventurero vive un nuevo capítulo cuando, con 31 años, decide cumplir su sueño de conocer África. Nuevamente se enrola en la marina de otro país y parte hacia el Congo. Tras un largo viaje llega a la desembocadura del gran río y desde allí en un barco fluvial remonta 30 Km hasta Matadi. Durante las dos semanas que permanecerá en este país trabará contacto con Roger Casement[4]. Después, durante un mes y con una caravana de 30 nativos, recorrerá a pié 200 millas se selva hasta Kinshasa, donde le informan del cambio de su misión: deberá remontar el río durante 1.600 km. y rescatar a un jefe de la compañía que se encuentra en mal estado. Cumplido el encargo, el propio Konrad cae también enfermo decidiendo regresar a Europa habiendo cumplido tan solo 6 meses de su contrato de 3 años. Casi una década después, e inspirado en su experiencia congoleña escribirá “Corazón de oscuridad” o “El corazón de las tinieblas”.

La novela

La novela se sitúa a principios del siglo XX. En ese momento, Inglaterra constituye la punta de lanza de la civilización y, Londres, su capital junto al Támesis, en palabras del narrador, “es la ciudad más grande y poderosa del universo”. La novela cuenta la experiencia personal de un marino, el Capitán Marlow, contada a sus amigos durante un tranquilo paseo en barco junto a la desembocadura del Támesis.

Joseph Konrad sitúa su relato en un tiempo y un lugar concretos: El momento, la época de mayor esplendor de la civilización occidental con Inglaterra a la cabeza; el lugar “un camino de agua” –el Támesis- cuya historia, subraya, simboliza la historia misma de esa gran potencia. De manera muy significaiva, Marlow viaja con su imaginación hacia un pasado remoto: el momento en que el Imperio Romano –la civilización más importante de su época- inicia la conquista de Britania, un territorio que también fue “uno de los lugares oscuros de la tierra” y a donde empiezan a llegar “barcos portadores de una chispa del fuego sagrado” (la civilización). Marlow imagina lo inhóspito del territorio, las penalidades sufridas por aquellos hombres venidos del cálido Sur[5] y el sufrimiento, como no, de la población nativa sometida a los conquistadores[6].

Marlow no llega a justificar ningún tipo de masacre; sin embargo ofrece una salida: “Lo único que redime es la idea…no un pretexto sentimental… algo que se puede enarbolar”. Al menos la justificación ideológica. ¿Acaso queda otro clavo ardiendo al que agarrarnos?

La historia de Joseph Konrad es, casi, la historia que cuenta el personaje de su novela. El Capitán Marlow, según cuenta a sus amigos, no encuentra aliciente a su vida lejos del mar y, fascinado por la aventura, busca expresamente el mando de un barco en el Congo. La ocasión surge con la muerte de uno de los pilotos que prestan allí su servicio: por lo visto, el piloto([7]) engañado por unos nativos al comprar dos gallinas, la emprendió a golpes con un anciano hasta que el hijo de este lo atravesó de un lanzazo. Cuando meses más tarde Marlow llegó al escenario de los hechos, la aldea estaba abandonada.

Para firmar su contrato, Marlow tiene que viajar a Bélgica y allí, en una ciudad que parece un "sepulcro blanqueado", encuentra la sede de la compañía. Dentro, dos mujeres que cosen en silencio, le sugieren los guardianes de las puertas de la oscuridad, "una introduciendo a los recién llegados a lo desconocido, la otra escrutando las caras alegres e ingenuas...” de los que probablemente ya no podrán volver a salir.
En la oficina, una marca sobre un mapa señala una de las colonias en el Congo. El Capitán piensa en el ideal romántico de la colonización: Allí "…los alegres pioneros del progreso bebían jubilosos su cerveza", alegres -seguramente- de poder "liberar a millones de ignorantes de su horrible destino"(según palabras de la tía de Marlow).

Entre los documentos firmados, Marlow se compromete a no revelar los secretos comerciales; de hecho, a pesar del libro, Joseph Konrad cumple con lealtad el contrato que, efectivamente firmó y no revela datos de interés comercial: expresamente escribe al principio del libro: “no voy a hacerlo", y de hecho, cuando lo publica, aunque han pasado 9 años, altera el manuscrito original para cambiar algunos datos reales.

Mientras espera que el médico certifique su idoneidad para el viaje, invita a un trago a un empleado "desaseado". Da la impresión de que Marlow simpatiza más con personajes menos convencionales; más alternativos. Cuando regresa el médico, este cumple su trabajo con un único trámite: le toma el pulso. Sin embargo, curiosamente, le pide permiso para medirle la cabeza. Por lo visto solo realiza esa medición antes de partir, pues luego, ya no vuelve a ver a los que se han marchado. Según dice, "los cambios se producen en el interior”. Una vez más Joseph Konrad busca deliberadamente la confusión entre el “interior” del alma y el interior de la selva: el corazón de las tinieblas quizá habita en ambos lugares: la naturaleza indómita se venga de los exploradores matándolos pero también estos experimentan cambios convirtiéndose en asesinos. Dice el médico: “.. a la ciencia le interesa saber los cambios que se producen en los individuos en aquel sitio". No obstante el espíritu rutinario y laxo del encuentro, el médico se permite ofrecer un consejo: "Evite usted la irritación más que los rayos solares".

El barco francés que transporta a Marlow apenas se dedica a otra cosa que ir dejando soldados en "instalaciones coloniales que contaban ya con varios siglos de existencia". Marlow no se relaciona con los otros pasajeros, aunque si disfruta con las visitas que, esporádicamente, hacían algunos barcos de negros que se acercaban cansados y sudorosos por el esfuerzo de remar. En una de las ocasiones se acercan a un barco francés para entregar correo. En ese momento, una epidemia está acabando con la tripulación de ese barco a razón de 3 muertos diarios. Mientras, el barco dispara contra la costa; contra un enemigo invisible; ¿contra África?.

"Los leves contactos con la costa son un fatigoso peregrinar en medio de visiones de pesadilla". A los 30 días, llegan al gran río. En el primer puesto de la zona, el capitán de un vapor, sueco, le repite lo que el médico: "Me asombra lo que les ocurre cuando se internan río arriba".

Al bajar del barco, se le aparece un mundo absolutamente caótico, absurdo y cruel; las descripciones son como fotográficas: un grupo de vagonetas abandonadas por la simple falta de una rueda en una de ellas; filas de negros encadenados, ascendiendo un sendero con visible esfuerzo, transportando sobre sus cabezas canastas de tierra... "Las uniones de sus miembros eran como nudos de una cuerda". Mientras, a base de dinamita intentan volar unas rocas que, aparentemente, no se interponen en el camino ¿Están, nuevamente, peleando contra Africa?. La fila de negros encadenados, considerados enemigos, criminales..."pasaron a seis pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme siquiera una mirada con la más completa y mortal indiferencia de salvajes infelices". Marlow en ese momento se permite una premonición: Él que, según confiesa, ya había tenido ocasión de conocer "demonios" como el de la violencia o el de la codicia ...demonios "fuertes y lozanos de ojos enrojecidos" presiente que se va a llegar a acostumbrar a otra clase de demonio: “un demonio blando y pretencioso, de mirada apagada y locura rapaz y despiadada”. Agobiado por el sol decide refugiarse en una arboleda cercana. Para llegar, tiene que rodear algo que sugiere una fosa común, aunque Konrad elude el término, logrando así que la misma mesura de la expresión, aumente la contundencia del significado. Ya en la arboleda, Marlow encuentra un escenario de terror: "Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas.....en todas las actitudes de dolor, abandono y desesperación.....aquel era el lugar donde algunos colaboradores se habían retirado para morir...Morían lentamente...eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales... sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento...vi una cara cerca de mis manos. Los huesos negros reposaban extendidos a lo largo... los párpados se levantaron lentamente, los ojos hundidos me miraron...Lo único que se me ocurrió fue ofrecerle una de las galletas...que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron lentamente sobre ella y la retuvieron; no hubo otro movimiento ni otra mirada...". Tras semejante visión de dolor y desesperación, la que sería propia de un campo de concentración, Marlow se encuentra con una imagen opuesta: "...encontré un hombre vestido con una elegancia tan inesperada...cuello alto y almidonado, puños blancos...corbata clara y botas relucientes...era el principal contable de la compañía..." Marlow le pregunta cómo ha podido conservar semejante elegancia en esas latitudes: "He logrado adiestrar a una de las nativas del campamento". El contable trabajaba en una choza de tablones mal clavados en la que también hacía calor y donde unos moscardones “no picaban sino que mordían”. Al día siguiente parte con una caravana de 60 hombres para recorrer a pie 200 millas: Los alrededores del campamento son una sucesión de praderas anteriormente ocupadas por la selva, pero ahora totalmente vacías; “…ni siquiera una cabaña. La población había desaparecido mucho tiempo atrás”. El viaje consiste en "acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender nuevamente la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de los altos yerbajos... tal vez en una noche tranquila, el redoble de tambores lejanos...". En una ocasión se encuentran con un blanco que lleva escolta armada "muy hospitalario y festivo por no decir ebrio", cuya misión es la conservación del camino. El narrador, no obstante, expresa su sospecha: "No puedo decir que yo haya visto ningún camino, ni ninguna obra de conservación a parte del cuerpo de un negro de mediana edad con una balazo en la frente con el que tropecé tres millas adelante”. En su viaje, Marlow va acompañado de otro blanco que, grueso y fatigado, llega a enfermar viéndose obligados a transportarlo en una hamaca: "Como pesaba 120 kilos, tuve dificultades sin fin con los porteadores…”, hasta que, llegados a un punto, estos decidieron huir dejando tirada su carga; "yo estaba dispuesto a matar a alguien pero…". En ese momento, recordando las palabras del médico sobre los cambios que se producen en la gente, “sentí que comenzaba a convertirme a en algo científicamente interesante”. A los 15 días llegan a la Estación Central: La sensación, nuevamente, es de desorden. “Algunos hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente entre los edificios…” Allí le informan de que su barco está semihundido y lo primero que tendrá que hacer será ponerlo a flote.

El Director general está en la Estación. Marlow se entrevista con él. Se trataba de un hombre vulgar que “Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del orden…no tenía cultura ni inteligencia…no era capaz de crear nada, solo la rutina… permitía que su ‘muchacho’, un joven negro de la costa, sobrealimentado, tratara a los blancos,…con una insolencian provocativa” sin embargo, el mérito que le había aupado al puesto era decisivo: su organismo, tras largos años, seguía resistiendo a las enfermedades de la selva. Nuevamente, Marlow. escucha elogios sobre el señor Kurz, esta vez de labios del propio Director: “el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional”. Al día siguiente, el Capitán inicia las tareas de reparación del barco; de ese modo evita aguantar el ambiente de la Estación: “Aquellos hombres caminaban sin objeto por el patio bajo los rayos de sol…con sus absurdos palos en la mano, como una multitud de peregruinos embrujados en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil permanecía en el aire…Imagino que hasta en sus oraciones”. Una noche se incendió una choza llena de abalorios para intercambiar con los nativos. Todos corrían con los brazos en alto ante el resplandor, cuando uno de ellos se acerca al río y comenta a M:”se portaban espléndidamente, espléndidamente”, llena el cubo y se aleja. El cubo tenía un agujero en el fondo”. En muy poco tiempo, la cabaña era un montón de cenicas. “Un negro era azotado…Se decía que de alguna manera había provocado el incendio; fuera cierto o no, gritaba horriblemente…días después…parecía muy enfermo…se marchó y la selva muda volvió a recibirlo en su seno". Junto a los restos humeantes de la hoguera, Marlow entabla conversación con un joven de aspecto aristócrata del que se decía que era espía del director. Por lo visto, su misión era fabricar ladrillos, aunque no se podía ver ni uno en toda la estación. Le faltaba un material, quizá paja… pero llevaba un año y medio allí. Todos pasaban el tiempo murmurando e intrigando…En aquella estación se respiraba un aire de conspiración que, por supuesto, no se resolvía en nada… el único deseo real era el deseo de ser destinado a un puesto comercial donde poder recoger marfil y obtener el porcentaje estipulado” mientras, “intrigaban, calumniaban,,,y se detestaban…pero en cuanto amover aunque fuese el dedo meñique, oh, no.” ”Hay algo…que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar el ronzal….Hay una manera de mirar el ronzal que incitaría al más piadoso de los santos a dar un puntapié. El interlocutor de Marlow, supuesto espía, habla de Kurtz: “Es un prodigio…un emisario de la verdad, la ciencia y el progreso…para realizar la causa que Europa nos ha confiado, necesitamos inteligencias superiores… un ser especial… es el jefe de la mejor estación…”. Pronto, Marlow entiende el sentido de la conversación: su interlocutor sabe que tanto Kurtz como él habían sido recomendados por la misma persona y sospecha una misión oculta. El fabricante de ladrillos, actuando como secretario del director, aspiraba al puesto de subdirector; sin embargo, Kurtz podría adelantársele. Incluso el mismo director se muestra nervioso ante la competencia del recien llegado. “…El negro golpeado gemía en alguna parte. ‘Qué escándalo hace ese animal…transgresión…castigo…¡plaf!” (recuerda la película de Truffeau: “Acción, reacción!!). Mientras Marlow escucha una tras otras argumentaciones banales y mezquinas, pone su atención en la selva: el olor a un “cieno primigenio”, la luna…”todo aquello era grandioso esperanzador, mudo…Qué eramos nosotros extraviados en aquel lugar?...cuan inmensamente grande podía ser aquella cosa ¿Qué había allí?. En este punto, el relato busca deliberadamente la confluencia de dos época, dos ríos…el Támesis y el Congo, enmascarados por la noche. El secretario sigue hablando y Marlow le deja creer en su supuesto poder dentro de la compañía para presionarle a que pida los remaches que faltan a su barco. En la costa los remaches se oxidaban desperdigados por todas partes y desde allí, varias veces a la semana, llegaba una caravana con suministros para la Estación. Sin embargo, los remaches no llegaban. Presionado, el secretario hace una torpe amenaza: todas las noches un hipopótamo se paseaba por lo zona. Los peregrinos salían a dispararle, pero nunca lo habían matado. Ese animal tenía una vida encantada, pero “ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio”, luego se despidió secamente. en lugar del cargamento de remaches, llegó la Expedición de Exploradores Eldorado”: 5 grupos encabezados “por un burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos relucientes…Una banda pendenciera de negros descalzos y desarrapados marchaba tras el burro; un equipaje de tiendas y fardos grises eran depositados en el patio…Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar secreto. Su conversación, sin embargo, era la de unas sórdidos filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor. Voraz pero sin audacia, cruel sin osadía.No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria. Su deseo era arrancar tesoros a las entrañas de la tierra, pero aquel deseo no tenía otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte”……


Loas blancos explotadores son peores que los caníbales que les adoran, pues aquellos actúan de manera deliberada? No Representan la causa del pesimismo: la civilización no es la panacea contra la barbarie; no hemos avanzado tanto. El ésito de Kurtz[8] reside en haber sabido que la violencia seduce y esclaviza más que la cooperación.


Conclusión

“El corazón de las tinieblas” es la crónica de un viaje hacia el horror. El escenario elegido por Joseph Konrad es el corazón de Africa y la época, los años de dominación belga sobre el Congo. El viaje del autor encarnado en el personaje de la novela es un viaje iniciático por lo trascendente, y terminal por que es definitivo; ambas cosas se convierten en lo mismo; todo nace, todo confluye en el horror: los ríos de la vida y de la muerte, la luz y la oscuridad, el horror y la moralidad, la civilización y la barbarie, el amor y el odio, el deseo y el hastío, el sadismo y el sacrificio. La sabiduría última de la vida, “la verdad”, se encuentra comprimida en el umbral de la muerte. El “corazón de oscuridad” es la profunda selva africana, es la salvaje Britania que exploraron los romanos pero es, también, la víscera salvaje que pugna por revelarse en cada uno de nosotros: la naturaleza misma de la que estamos hechos y que solo la civilización y la cultura nos oculta levemente.

[1] El historiador Adam Hochschild, durante un vuelo, descubre una nota de Mark Twain (autor de las aventuras de Huckleberry Finn), acusando al rey de los belgas -Leopoldo II- de haber asesinado en el Congo a entre 5 y 8 millones de personas. A partir de este dato inicia una investigación que publicará en 1998 titulada “El fantasma del Rey Leopoldo”.
[2] La ciudad natal, Berdyczów, ahora pertenece a Ucrania.
[3] La lengua materna de Konrad es el polaco, habiéndose educado en ruso. Su tercera lengua es el francés que aprendió durante 4 años al servicio de la marina mercante de este país. Sin embargo, la lengua que elige para escribir es el inglés
[4] Roger Casement, activo nacionalista irlandés, sería ahorcado unos años después acusado de alta traición al Reino Unido. Es razonable pensar que al encontrarse con Joseph Konrad en el Congo ocupado, ambos compartieran un mismo sentimiento anticolonialista.
[5] “…los romanos…deben haber muerto aquí como moscas… el comandante romano era bastante hombre para enfrentarse a las tinieblas… ha de vivir lo incomprensible, que es también lo detestable…”
[6] … no eran colonizadores… eran conquistadores….se apoderaban de todo cuanto podían. Aquello era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala. La conquista de la tierra que por lo general consiste en arrebatársela… no es tan agradable cuando se observa con atención.
[7] El capitán era danés. Joseph Konrad siempre cita la nacionalidad de los personajes -bastante variada- como queriendo repartir la responsabilidad.
[8] En Apocalypse Now, Marlon Brando encarna al Coronel Kurtz. Kurtz es el nombre del horror en la nobela de J.Konrad.

La enredadera (Josefina Aldecoa)

La compleja red de relaciones sociales que nos acompaña desde el nacimiento, a veces tejida en torno a nosotros como un nido protector, a veces como una enredadera, puede ampararnos en la soledad, pero también puede llegar a asfixiarnos. En 1941, Erich Fromm publica “El miedo a la libertad” y, en él, revela una tragedia específicamente humana por la que, la libertad, solo es posible al precio de la soledad. Josefina Aldecoa presenta en su libro a dos mujeres, ambas madres, ambas separadas, ambas de clase acomodada, las dos habitantes de un mismo espacio físico y, sin embargo, separadas absolutamente por un hecho decisivo: la libertad. La historia de Clara tiene lugar a finales del XIX, mientras que Julia asiste al fin de las últimas dictaduras europeas. En el primer caso, la “enredadera” de las convenciones sociales asfixia a Clara mientras que, en el segundo, Julia actúa contra todo tipo de atadura, aún al precio de una relativa soledad que, por otro lado, también disfruta. Ambas historias tienen lugar en un pueblo de la montaña leonesa. Clara pertenece a una familia acomodada aunque su padre ha ido agotando todo su capital. La salvación económica se presenta cuando Clara es pedida en matrimonio por Andrés, de origen muy humilde pero que, enriquecido en Cuba, regresa ahora al pueblo. Compra propiedades, construye una gran mansión, da fiestas, hace negocios, pero poco a poco, su entusiasmo se va enfriando: lo tiene casi todo pero le falta algo para él esencial: un heredero varón. La crisis se patentiza cuando Andrés acaba abandonando a Clara por otra mujer del pueblo. Con esta mujer, Eloísa, regresa a la casa de su infancia y logra el ansiado hijo. Clara queda en la casona, abandonada, encerrada en su jaula de oro fría, vacía y triste de la que acaba por huir hasta su propia hija que se recluye en un convento. El relato ensimismado de Clara alterna paralelo al de la segunda protagonista: Tres generaciones después, Julia, independiente, bella e inteligente, compra la casa. Julia había estado casada con Diego, un prestigioso profesional liberal al que acompañó por todo el mundo. Sin embargo, siente que su potencialidad como persona está limitada por esa relación y lo abandona. La casa ya no es la cárcel en la que Clara agonizó abandonada e impotente. La misma casa ahora es un refugio, un tranquilo retiro en el que julia descansa de su intensa vida social. Para mantener su independencia, su libertad, Julia paga el precio de una relativa soledad. Como clara, probablemente muera sola; quizá no. En todo caso, en todo momento, habrá sido ella la que haya decidido sobre su propia vida. El mensaje de la obra a modo de tesis o exposición filosófica, se configura a base de pinceladas de alto contenido sensorial, casi fotográficas, capaces de transportarnos al lugar de la escena para, desde allí, pincelar nuestro propio sentimiento. La autora Josefina Aldecoa, maestra y pedagoga por oficio y tradición familiar, fundó y dirigió por un tiempo el colegio “Estilo” basado en el Krausismo que inspiró la Institución Libre de Enseñanza. Se relacionó con la “generación de los 50” (Jesús Fernández Santos, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral…) y acabó casándose con Ignacio de quien –a su muerte, y como homenaje- tomaría el apellido. En 2004 rechazó la Vicepresidencia del Gobierno con José Luís Rodríguez Zapatero.

Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez)

Gabriel García Márquez ha sabido acercarnos al mundo profundo y rico de la Colombia popular, negra, india, española y profundamente herida por la desigualdad social. La gran virtud del premio Nobel es haber sabido recoger esa realidad, volcándola en una narración dotada de gran belleza formal y profunda significación. Una narración que nos sumerge entre las vaharadas bochornosas de los pantanos y nos transporta hacia un mundo lejano y exótico pero que, sin embargo, palpita con significados muy cercanos a nosotros. Santiago Nasar no se vistió como cada lunes para marchar a su hacienda de ganado, sino que volvió a ponerse nuevamente la ropa de la fiesta pues, después de la boda del día anterior, todo el pueblo esperaba la visita del obispo. Cuando fue a tomarse una aspirina junto al dormitorio de su madre, le contó el sueño de los árboles, aunque esta vez, ella no supo interpretarlo. Después entró en la cocina donde las criadas -madre e hija-, que preparaban la comida, le sirvieron una taza de café “La cocina enorme, con el cuchicheo de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.” Victoria Guzmán, la madre, había sido amante del padre de Santiago, -Ibrahim Nasar- hasta que él se cansó de ella y se la llevó de criada. La hija de Victoria, “Divina flor” llevaba el nombre del tesoro perdido para siempre por culpa del cruel engaño, aunque “se sabía”, sin embargo, destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar. Ambas sabían ya que lo iban a matar pero callaron. Victoria “tenía tantas rabias atrasadas” que, a pesar de los ascos expresados por Santiago, siguieron arrojando a los perros las vísceras de los conejos que, con saña, iban descuartizando. Al devolver su taza, Santiago aprovechó para agarrar por las muñecas a la adolescente: “Ya estás en tiempo de desbrabar”... Victoria Guzmán blandió el cuchillo ensangrentado. Como confesaría la hija una vez desaparecida su madre, esta, en el fondo, deseaba que le mataran. Cuando sonó el buque del obispo, Santiago Nasar se apresuró a salir y la niña, solícita, se apresuró a abrirle la puerta. Precisamente por entretenerse manoseandola, Santiago no vio un papel en el que le prevenían de su muerte. A pesar de todo el obispo no paró: “De sotana blanca con su séquito de españoles… empezó a hacer la señal de la cruz en el aire frente a la muchedumbre y, después siguió haciéndola de memoria, sin malicia ni inspiración, hasta que el buque se perdió de vista y sólo quedó el alboroto de los gallos”. El obispo, con su visita, podría haber interferido el devenir de la tragedia; sin embargo, también él, representante de la iglesia y de los sagrado, tuvo que someterse a lo inexorable del destino. La familia de Santiago Nasar siempre entraba y salía por el lado de atrás de la casa: el que daba a la cocina, las caballerizas y el muelle. Solo en ocasiones festivas, usaban la puerta principal. Aquel día era fiesta y por eso, para matarle, fueron a esperarle a la puerta correcta. La versión popular, sin embargo, aquí, ya empieza a diferir de los hechos: los hermanos Vicario no querían matar a Santiago Nasar y, por eso, quisieron equivocarse yendo a esperarle al lugar equivocado. Sólo la mala fortuna hizo que le encontraran y tuvieran que matarle; pero eso ya no era responsabilidad de ellos. Cuando el destino juega sus cartas con tal fuerza, todos, el pueblo entero, individual y colectivamente, los que por acción u omisión fueron encarrilando los hechos hacia la tragedia, hasta los propios asesinos, se convierten en víctimas. La versión del pueblo exculpa al pueblo. Cuando los asesinos, perseguidos, se entregaron para refugiarse en la casa del cura, éste recordó el acto como de una gran dignidad: “Lo matamos a conciencia –dijo Pedro Vicario-, pero somos inocentes”. En realidad, solamente el parentesco fue la causa de que tuvieran que actuar como verdugos, y el pueblo se lo perdonó desde el primer momento: “hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, pero no lo consiguieron”. Bayardo era culto, rico y con un físico privilegiado, había llegado seis meses antes, para buscar con quién casarse. La elegida resultó ser Ángela Vicario. También culta y educada, tenía otros hermanos y otras hermanas; “cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir”. Aunque la novia quiso resistirse, sus padres sentenciaron diciendo que “una familia dignificada por la modestia no tenía derecho a despreciar aquel premio del destino”. La boda, fastuosa, terminó cuando el marido descubrió que Ángela no era virgen, la golpeó y la devolvió a la casa de sus padres. Después de volver a golpear a su hija, la madre mandó llamar a los gemelos y entre todos, la obligaron confesar el nombre del culpable. “Ella buscó el nombre entre las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos nombres confundibles de este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la pared...”. Nadie puso en duda la existencia de culpabilidad y de deshonor. La sociedad necesita certezas absolutas sobre aquellos aspectos esenciales sobre los que se sostiene: en temas de hacienda y honor, no caben los accidentes, ni las casualidades, ni los matices: si la novia no era virgen era por que antes había habido un hombre. El acusado ya había abusado de otras mujeres; sin embargo, ninguna de ellas había contado con la defensa de los hombres de su familia, quizá porque el propio Santiago Nasar con buena posición social, era prácticamente intocable. Ahora, sin embargo, esas mismas reglas se volvían contra él: Bayardo San Román, era hijo del General Petronio San Román. El abogado sustentó la tesis de “homicidio en legítima defensa del honor”, y es que el honor, dadas las circunstancias, tenía un precio mucho mayor. Una boda tan importante como aquella no podía echarse a perder sin un gran cataclismo. Alguien tendría que pagar el precio de tanta decepción. Parece ser que la historia ocurrió realmente: un asesinato por honor en un pueblo pequeño y perdido frente a la costa del Caribe. La historia, es una historia repetida mil y una veces en los mil y un espejos de cada una de las bocas que contaron y recontaron lo que habían visto o lo que habían oído. En ese fluir narrativo, complejo, mil veces corregido, mil veces estructurado y moldeado, la historia se va afinando, se va haciendo coherente. Con el tiempo, los mil retazos van confluyendo en una historia colectiva, consensuada que, verdadera o no, se abre camino entre la realidad convirtiéndose en la realidad misma.

La Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.

Esta reseña no está referida a ninguna película de Almodobar, ni nadie se ha equivocado de libro. Este es un resumen auténtico sobre el auténtico "Lazarillo de Tormes":

La iglesia está investigando al Arcipreste de San Salvador por mantener relaciones sexuales con una mujer casada. Un alto cargo eclesiástico pide por escrito el testimonio del marido engañado y este -Lázaro de Tormes-, pasa a relatar “el caso”.

El caso que cuenta el anónimo autor, la testificación que realiza Lázaro de Tormes, en lugar de abogar por la inocencia o culpabilidad de los amantes, en lugar de aportar valoraciones o pruebas, lo que hace es defender los intereses estrictamente personales de todos y cada uno de los implicados y que consisten en continuar la misma vida que estaban llevando hasta ese momento. Haciendo gala de un absoluto sentido práctico, aunque haciendo una profunda crítica a la escala de valores imperante, Lázaro deja claro que, después de muchos años en la más absoluta pobreza, él no está dispuesto a cambiar su situación presente. Respecto al supuesto pecado del Arcipreste, teniendo en cuenta el conocimiento que ha tenido Lázaro sobre los pecados cometidos por otros clérigos y religiosos, el del Arcipreste sería uno de los menores. Finalmente, respecto al supuesto valor de "la honra" Lázaro deja muy claro que el concepto ha perdido su auténtico significado.
El argumento de la historia puede mostrase aún más crudamente: La iglesia de la España imperial, católica y romana, ha subvertido los valores morales, condenando a los únicos que son justos, a la pobreza, al deshonor y al infierno, y reservando para los auténticos pecadores, la salvación en la tierra y en el cielo. El libro, más que erasmista, en algunos puntos, puede llegar a parecer, incluso, luterano. El autor avisa, ya al principio, de que su intención es deleitar la lectura superficial, o bien agradar a quienes hagan una lectura profunda. Debía pensar que nadie capaz de ofenderse sería capaz de profundizar demasiado.

Lázaro González Pérez era hijo de Tomé González, molinero condenado por robar alimento con que alimentar a su familia. Muerto el padre, la madre se amanceba con el negro Zaide que les trae de comer, también, con lo que va robando hasta que también es descubierto. Ante la imposibilidad de alimentar al hijo, la madre le entrega a un ciego para que le sirva de guía. Hasta ese momento, gracias a los pequeños robos de sus protectores -todos al otro lado de la ley- había apenas comido. A partir de ahora empieza a pasar hambre. El ciego, gran maestro de picardías, vive de la caridad y vendiendo pócimas y oraciones contra toda clase de males. Sin embargo apenas alimenta a Lázaro que se ve obligado a realizar pequeñas trapacerías, quizá como parte de su aprendizaje. Finalmente, se venga descalabrándo al ciego y huyendo de su lado. Varias veces, después, no obstante, añorará sus enseñanzas.
A continuación, entra a servir con un clérigo de Maqueda con el que pasa aún más hambre (dice que como una cebolla cada 4 días). El único alivio para su estómago son las comidas de los velatorios a los que asisten. Conseguida una llave del arcón de la comida, durante varios días, con disimulo, va sacando migajas. Creyendo el clérigo que los robos eran causados por una serpiente, una noche golpea a ciegas sobre lo que en realidad era el propio Lázaro. Aún convaleciente es echado a la calle, donde sobrevive dando pena con sus heridas. Una vez curado, ya en Toledo, pasa al servicio de un escudero. Este, hidalgo, empobrecido por no haber trabajado él mismo sus tierras, autoexiliado de su pueblo por no querer recibir un saludo que considera "menor" (el relato de este detalle es largo y pormenorizado), solo come cuando Lázaro, apiadado, caritativo, comparte su limosna con él. Incapaz de pagar el alquiler, huye el hidalgo, quedándo Lázaro al amparo de unas prostitutas (nuevamente la bondad le llega desde personas “sin honra”). Estas mujeres le ponen en manos de su chulo, un fraile sodomita, del que prefiere no dar detalles: “ne fando”(“No digo”) es una alusión al pecado “nefando”. El siguiente amo, predicador ambulante, se compincha con un alguacil para, simulando un milagro, aumentar la venta de bulas falsas. Del siguiente amo solo cuenta que era pintor de panderos (no era clérigo, ni religioso ni hidalgo). La fortuna empieza a cambiarle cuanto entra a servir a un capellán que le pone a trabajar en el negocio que controla de venta de agua. Su suerte le permite, al cabo de 4 años, comprar ropa de segunda mano. Buscando mejorar su situación, se hace ayudante de alguacil, aunque el oficio le resulta demasiado peligroso, así que no desdeña la ocasión cuando el Arcipreste de San Salvador le ofrece el puesto de pregonero "real". Además del puesto, acepta también casarse con la amante del eclesiástico, pasando a ocupar ambos una casa que el Arcipreste les cede junto a la suya, para facilitar, supuestamente, las salidas nocturnas de la mujer.

Queda perfectamente claro el acuerdo tácito entre el Arcipreste y Lázaro. El primero no tendrá que renunciar a lo único que podría faltarle en el mundo -una mujer-, y el segundo podrá vivir seguro de que no le faltará ni de comer ni un techo donde vivir.

Lo que digo: una película de Almodobar, pero en el siglo XVI.

El alquimista impaciente (Lorenzo Silva)




Trinidad Soler, es ingeniero de una central nuclear y, al igual que los antiguos alquimistas, también se dedica a transmutar materia, aunque no necesariamente para obtener oro. Su vida, ajena a todo romanticismo, transcurre lejos del brillo de los metales preciosos e ignorante de cualquier gloria moral o filosófica. Quizá por ello, busca una alternativa y entra en negocios con un magnate de la empresa y de los medios de comunicación: León Zaldívar. Sin que su mujer quiera enterarse mucho de los asuntos de su marido, Trinidad participa en la construcción de carreteras, polígonos industriales, chalets, etc. Según sus compañeros de trabajo, su nivel de vida no está por encima de sus posibilidades como técnico a sueldo de la central: Trinidad Soler no acaba de encajar en el perfil de empresario ostentoso y derrochador y, frente a los “tiburones” con los que trabaja, aún conserva cierto aire de integridad personal; tanto es así que, el propio Zaldívar, quizá para adornar su conciencia, lo emplea como consejero moral y filosófico. De este modo, en la cima de su éxito, Trinidad logra atisbar el lado espiritual que equilibraria el brillo, no siempre noble del oro.
Sin embargo, ambas esencias no se fusionan de la manera esperada y, la mezcla, poco a poco, transmuta hacia la degradación. En “El arte de de la Alquimia” de Alfonso X el sabio, ya se advertía que, en toda mezcla, el metal noble siempre sale empeorado.

La Vida Nueva (Orham Pamuk).


“Un día leí un libro y toda mi vida cambió". En torno a ese libro, Orham Pamuk nos describe un auténtico delirio de amor, desamor, esperanzas, carreteras y muerte. El libro ofrece el secreto de la felicidad; sin embargo, la Vida Nueva y la muerte tienen el mismo aroma. Sus perseguidores, envenenados de esperanza, en torno a él, construyen la tragedia. La búsqueda, interminable, tiene lugar a lo largo de una Turquía aprisionada entre las placas tectónicas de dos mundos en colisión. Los accidentes en la carretera, como los de la historia, nos ofrecen la única salida posible: la vida nueva solo será posible en el momento de la muerte. ¿La muerte de Turkía?

Una chica agonizante cuenta a Canan el secreto del país de la vida nueva: “Sonríeme para que pueda ver, aunque solo sea una vez, la luz de ese mundo en tu cara. Recuérdame el calor del horno al que iba para comprar bollos los fríos días de invierno cuando volvía de la escuela con la cartera en la mano, recuérdame la alegría con que los días calurosos de verano me lanzaba al mar desde el embarcadero, recuérdame el primer beso, el primer abrazo, el nogal hasta cuya copa trepaba yo sola… la noche que me embriagué de felicidad… ayúdame para que pueda enfrentarme con alegría al hecho de que me voy yendo cada vez que respiro…”

"Los infelices supervivientes y los que poco después ya no sobrevirían salían por la puerta de atrás con el cuidado de los que pisan la superficie de un nuevo planeta…me habría gustado explicarles el secreto de ese tiempo inigualable y perfecto a ese vendedor de seguros tan hábil que ahora contaba las estrellas, a la muchacha hechizada cuya madre imploraba al conductor muerto, a los hombres bigotudos que, a pesar de no conocerse, se daban la mano balanceando ligeramente los brazos como enamorados a primera vista y bailaban la danza de la existencia. Me habría gustado decirles que ese instante feliz e incomparable es una gracia que Dios nos concede raras veces en la vida … ¿Quién nos ha concedido esa plenitud, esa totalidad, esa perfección, madre e hijo que os abrazáis libremente con todas vuestras fuerzas por primera vez en la vida como si fuerais amantes sin inhibiciones, mujer coqueta que descubre que la sangre es más roja que el lápiz de labios y la muerte más compasiva que la vida, niña afortunada que contemplas las estrellas con la muñeca en brazos plantada junto al cadáver de tu padre?...”